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De la oscuridad al triatlón: quedó ciego tras un asalto y se prepara para un Ironman

Anderson Roberto Duarte está contando las horas. Quiere que llegue rápido el 27 de mayo de 2018, fecha en la que se disputará el próximo Ironman Florianópolis, en Brasil. Completar los 3.8 kilómetros nadando, 180 km de ciclismo y los 42K corriendo será el broche de oro en el cambio de vida radical de este atleta brasileño de 38 años. Ciego tras un asalto, le confiará a su entrenador Guilherme Rodrigues, fiel escudero en entrenamientos y competencias, la misión de guiarlo en el desafío por la isla mágica. 

“Hoy me dedico a vivir. Antes, a vegetar. El deporte me salvó, es todo para mí. Es todo lo que tengo hoy. Busco objetivos, superación, desafíos”, dijo Anderson. 

La increíble pasión dedicada a los entrenamientos en la previa del Ironman contrasta con la vida desordenada que llevaba cuando debió pasar uno de los episodios más traumáticos de su vida.

En 2000, se dedicaba a la entrega de comidas en carro para una empresa de Campinas, estado de São Paulo. Estaba completamente entregado al sedentarismo. Además del trabajo “paradísimo”, el apego al cigarrillo y a la cerveza lo llevaron hasta los 120 kilos de peso. 

Mientras fumaba un cigarro y acomodaba unos documentos antes de una nueva entrega de pedido, se topó con un menor de edad que lo abordó. “Pensé en darle una cachetada y acabar con el asunto”, recordó Anderson. Sin embargo, cuando estaba por hacerlo, notó que el adolescente estaba acompañado. Un arma apuntando hacia su cabeza por otro hombre, adulto, y el repartidor de comida vio cómo su única fuente de trabajo era robada.

Anderson creía que podía encontrar a la pareja que lo había dejado sin su vehículo. Al fin y al cabo, no se equivocaba. Ellos volvieron, y volvieron acompañados. Esta vez, sin embargo, la policía consiguió frustrar el asalto.

Eso no calmó los ánimos del hoy atleta. “Yo ya estaba saliendo armado. No sabía lo que podía pasarme. Me sentía perseguido. Era una situación de mucho estrés. No tenía paz”, contó.

Ciego tras un asalto, esperando una vida nueva

El estrés crecía dentro de Anderson. “Me apareció un síndrome en el ojo y sentí que estaba quedándome bizco. Me tapé uno de los ojos y percibí que ya no veía por el otro”, recordó.  

Era el comienzo de la lucha de Anderson contra un problema extraño y de nombre difícil: síndrome de Von Hippel-Lindau. Se trata de un síndrome que se caracteriza por el crecimiento anormal de los vasos sanguíneos. Alcanza a una de cada 39 mil personas. El ojo izquierdo del repartidor fue, en ese momento, el objetivo del mal.

 

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Varios médicos y pocas soluciones. Nadie conseguía “devolverle” la vista. El diagnóstico más optimista indicaba que sería capaz de percibir algunas luces. Pero no se confirmó. Anderson perdió el 100% de la visión en los dos ojos. 

Pensar lo peor

“En ese momento, no sabes qué pensar. Es todo desesperación. Pensé que sería excluido y hasta pensé en suicidarme”, confesó Duarte.

Tras dos años de pura depresión, encerrado en la casa, Anderson decidió “aprender a ser ciego”. El aprendizaje vino con un “bastoncito” que facilitó la locomoción.

Retomar la independencia con el bastón lo ayudó a desarrollar un interés por el mundo del movimiento. Llegó una invitación para conocer la natación paralímpica. 

Anderson se metió en el mundo de los deportes. Compitió en pruebas de 100, 200 y hasta 5 mil metros. Representó al Vasco da Gama en competencias nacionales. Todo eso le dio un nuevo sentido a su vida. 

En una competencia nacional, el destino volvió a golpear fuerte a Anderson. “Cuando estaba saliendo para una carrera, sentí un dolor en la nuca. Ya no hubo carrera”, recordó. 

No era un dolor, y sí un tumor “del tamaño de una pelota de golf”. El tumor fue retirado, pero debió dejar la natación. Si continuaba, podría sufrir problemas más graves en la cabeza.

Pero el deporte ya estaba corriendo fuerte por las venas de Anderson. De la natación, migró para el ciclismo. Del ciclismo al running. Se metió en un equipo, comenzó a seguir planillas e inició su preparación para un triatlón. 

Hermano hasta debajo del agua

El técnico de Anderson, Rodrigues, es quien lo acompaña en gran parte de las competencias. “Suelo decir que somos una sola persona. No existe Guilherme o Anderson, existe Guilherme-Anderson. Uno depende del otro, luchamos por los mismos objetivos”, le dijo el entrenador al diario El Liberal, de Americana, interior de São Paulo.

 

*Este artículo fue escrito por Pedro Lopes y publicado originalmente en nuestra página Ativo.com

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